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La mirada de Rodrigo Amuchástegui sobre "El viejo príncipe" -teatro- con Vera Dalla Pasqua, Fabio Magnani y César Brie

COMENTARIOS A LA OBRA DE BRIE “EL VIEJO PRÍNCIPE”.

Gracias a Daniel, que me ha invitado varias veces al teatro, he ido conociendo la producción de Brie en un recorrido escalonado de superación. Y, sin menoscabar ninguna obra anterior, la bella reinterpretación en clave femenina de “Orfeo y Eurídice” y la polifacética creación Brie-colectiva de “El Paraíso Perdido”, donde supongo que al talento del escritor se une el del director que logra que, en un numeroso grupo de jóvenes actores, lo libre y lo sincronizado sean compatibles, ayer culminé ese recorrido con “El Viejo Príncipe”, donde Brie (autor, director, actor), con dos excelentes partenaires, desarrolla una danza de cuerpos y palabras que me dejó extasiado. No veo teatro como crítico, aunque tengo cierta experiencia dramatúrgica que activa mi parte racional, pero tiendo a entregarme al espectáculo sin prejuicios -que muchas veces se me despiertan a los 5 minutos cuando comienzo a aburrirme. Mi sentido crítico no se me despertó en ningún momento.


“El Viejo Príncipe” me atrapó y viví el acontecimiento teatral como la belleza de la flor de “El Principito”. Efímero, sí, pero inolvidable. No sé cuántas veces hay que ver o leer una obra para extraer todo su contenido. Sigo leyendo y releyendo viejos textos filosóficos por cuestiones no solo profesionales y no sé cuántas veces habría que ver la obra de Brie para desentrañar todos sus contenidos.

Mujer-sueño-flor, enfermero-amigo, viejo, loco, príncipe. Lo onírico y lo real se cruzan permanentemente y quizá esa sea la clave. Mirar la realidad desde la imaginación o mirar desde la imaginación la realidad para hacerla más interesante puede ser el secreto de la aventura creativa, o, más simplemente, de la aventura de vivir.


Vaya uno a saber. Vaya y véala. Brie, como persona, en el medio minuto en que fui a saludarlo, transmite la misma calidez que su personaje. Y su bella y talentosa compañera y el alto y dúctil compañero, ambos de extraña tonalidad extranjera (italiana según luego supe), ayudan a sumergirnos en el mundo simple donde el vaso con agua, la sábana vertical, la tela extendida y algunos pocos elementos más muestran que el teatro no requiere de mucho para ser extraordinario: Extra (fuera), ordinario (común).


Se vuelve más fácilmente a lo común después de haber estado un rato afuera. Hay que salir al arte cada tanto para volver mejor a lo cotidiano. Llevaré a mi pequeño hijo a verla. Quizá me sirva para disminuir durante un tiempo, aunque sea breve, la distancia generacional entre sus 10 años y mis sesenta. Quizá nos sirva descubrir que entre el Viejo Príncipe y el Principito no son tantas las diferencias.

Rodrigo Amuchástegui.

Fotografías: Mariana Fossatti y Margherita Cenni

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