Próxima Reunión: miércoles 13 de DICIEMBRE de 2017, 10 hs. ¡¡FELIZ 2017!!

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Reunión miércoles 22-10-2014: la mirada de Eduardo Bechara Navratilova

“Cuaderno de viaje” En busca de poetas – Fragmento – Visita al Moyano, un poeta super tallerista y una inédita llena de mandarinas


(…)
Voy tarde. Decido tomar un taxi. Recorre 9 de Julio. Pasa frente a Constitución, con su edificio de losas ocres, la cúpula adornada con estatuas y faroles dorados que describimos en “El grito…”, y recuerda el esplendor de la Argentina ferroviaria.
El taxista comenta que conoció a una colombiana en su taxi.
—Nos enamoramos. Sólo que yo tengo familia. Vos no podés quedarte ahí mucho tiempo. Este taxi no es mío. Tengo que pagar un monto mensual y si gasto el tiempo con una “mina” me empiezo a colgar. Lo podés hacer una vez o dos, no más.
—Igual tuviste una historia de amor.
—La corté por estar casado.
—Un taxi es un lugar difícil para conocer a una mujer.
—Un día llevé a una enfermera y me dijo: “Estaciona tu taxi y nos tomamos una cerveza en mi casa”. Era una peruana.
—Te quería “garchar”.
—Y fíjate: yo beber en esté trabajo cuando aquí el nivel de tolerancia es cero… En Buenos Aires hay muchas mujeres. Para todos los gustos, edades y billeteras…
Se desvía por Brandsen, cruza algunas calles, recorre un edificio de paredes blancas que da la sensación de ser un muro con ventanas aseguradas por rejas. Avanzamos una cuadra y me deja frente a la fachada clásica del Hospital Nacional Neuropsiquiátrico de Mujeres.
Llamo a Daniel Grad. Me dice que entre, ubique la Capilla en el jardín y él me espera afuera del pabellón que está a mano derecha.
Sigo a la recepción del Moyano. Un recepcionista anota mi nombre en una lista. Me acompaña a un jardín de pastos verdes. La espesura de los árboles, el cielo abierto y amplitud de espacio hace que los pabellones luzcan lejanos. Una torre de agua pintada de blanco se levanta como una especie de faro que esconde más de un secreto.
Daniel me hace señas. Camino hacia él. Me comenta que frente a la torre hicieron una lectura hace poco. —Mirá, esta chica participó.
Una mujer con un cigarrillo en los labios, la boca torcida y rostro fruncido, en cuya piel parece haber transcurrido la vida de diez personas, se acerca.
—¿Cómo te pareció la lectura que hicimos?
Ni nos mira. Pasa de largo. Luego escuchamos:
—¡Qué lectura ni qué lectura!
Daniel levanta las cejas.
Subimos por unas escaleras de concreto al segundo piso, entramos a un comedor en el que algunas pacientes toman mate. Escapamos de su mirada hacia otro salón de techos altos en el que dos mujeres también ceban uno.
Daniel me presenta a Alejandra Pultrone, otra poeta, y a Mónica, una paciente.
Me preguntan acerca del proyecto. Eso nos lleva a hablar de Anahí Lazzaroni.
—Es muy amiga mía —cuenta Alejandra.
Yolanda y Mariela, dos pacientes, se sientan a la mesa. Mónica se va.
Daniel comenta que Yolanda tiene un poema en Internet.
—Quiero que me den de nuevo el poema. Alguien me lo robó —exige ella.
—Está en Internet… —Daniel dirige la mirada a un consultorio en el que un hombre habla a todo volumen con una mujer—. Hay mucho ruido. Es así. Todo aquí es a puertas abiertas.
—¿Las terapias también? —Pregunta Alejandra.
—Sí.
Daniel comenta que Ana Claudia Díaz, una poeta argentina, fue parte del Taller un tiempo. Tiene un poema llamado “Vuelto Vudú”, y Yolanda escribió uno que le hace juego: “Vuelto ñandú”.
Yolanda le amarra una cinta verde con estrellas a Daniel. La tela en su cabeza, junto a su camiseta amarilla y pantalón negro, le da aire de poeta superhéroe.
—¿Leemos? —Pregunta ella.
Abraza a Daniel, se levanta y se va.
—La ruta es ésta, Eduardo, vos que venís por primera vez. Es un poco caótico.
Yolanda vuelve. Le dice a Daniel que habla mucho:
—Y no hacés nada.
Yolanda me muestra unos libros de la biblioteca. Detallo sus ojos tras el lente quebrado en los anteojos. Vuelve junto a Daniel, abre uno de los libros y lee “Ed Wood”, de Rolando Revagliatti.
Su voz débil se cruza con la del hombre que habla con la mujer en el cubículo sin puertas.
Mariela también habla. Yolanda levanta los ojos del libro y la mira con cara de disgusto.
—Perdón —dice Mariela.
Yolanda termina el poema y se va. Mariela lee uno de “Letras del mundo”, una antología.
También se va. Daniel comenta que a veces pasa eso:
—Hay incompatibilidad de caracteres.
Yolanda vuelve. Mariela vuelve.
—¿Religiosos se pueden? —Me pregunta.
—Cualquier cosa se puede —respondo.
Lee un poema suyo.
Daniel le toma una foto a la mano de Yolanda tomando un gajo de mandarina.
—Se la dedico a Eduardo para darle la bienvenida a Buenos Aires. Yo le escribo un poema a él. —Yolanda saca una mandarina, otra, otra y otra—. Todas son para él, porque está escribiendo mucho y ustedes no están haciendo nada.
—No se pongan celosos, por favor.
—¿Por qué decís que no estamos haciendo nada? Me encantó este verso —replica Daniel.
Señala “Allá en las lejanías”, en el cuaderno de Yolanda.
Pide que escribamos un poema que haga un viaje a la infancia.
El hombre que habla con tono alto sale del consultorio, llega en bermudas y le pregunta a Mariela:
—¿Qué hacés?
—Estoy en mi Taller de literatura.
—Estás invitado a participar —dice Daniel.
El hombre se va.
—¿Quién es? —Pregunta Alejandra.
—El papá de mis hijos.
—Justo veníamos hablando de la pareja. Mirá cómo lo definió —comenta Alejandra a Daniel.
Yolanda escribe. Daniel habla.
—Si usted sigue hablando lo vamos a echar afuera —advierte ella.
Escribo el mío a contra reloj.


“Volver al de los ojos tímidos,
a la sonrisa del niño que refleja la vida
en la mirada del padre,
a ese mundo de ojos abiertos
que lo lleva al pasado…

se ve a sí mismo
y proyecta el futuro en ese
aliento fugaz
que se vuela”.



El papá de los hijos de Mariela vuelve. Le dice que necesita hablar con ella un segundo. Se integra a la mesa. Una chica de ojos achinados pasa en sudadera. Nos mira. Su piel es cobriza. Su mirada de princesa encantada.
Mariela lee su poema. Recuerda el tiempo en que pintaba a las acuarelas con sus abuelos.
El hombre le dice que tiene a los “nenitos” abajo. Mariela comenta que se van a ir a Mar del Plata ya que es mejor para ella.
—Y yo allá tengo más contención —añade él.
—Si nos buscan por Internet: “Hospital Moyano Poesía” nos encuentran —dice Daniel.
Un enfermero con ambo llega a llevarse a Yolanda. Daniel pide que le deje leer su poema. La chica de sudadera vuelve. Daniel le dice:
—Me faltaba tu saludo.
Nos presenta. De cerca es posible detallar sus rasgos de líneas angulares. Se inclina y me da un beso andeneado en el que apenas se toca el borde de nuestras bocas.
—Bárbara duerme. Ella es la bella durmiente —comenta Yolanda.
La bella durmiente se va.
Yolanda lee un poema de la infancia en el que todo está oscuro y en tinieblas. “Pero hay una luz de esperanza en donde está la libertad…”.
El hombre vuelve y le dice a Mariela que se deben ir.
Ella se despide.
Daniel le pide a Yolanda que vuelva a leer su poema.
—No se entiende.
—No importa que no se entienda. Importa lo que despierta.
El poema habla de los sobrevivientes.
Leo el mío.
—Un diez y todas las mandarinas —dice Yolanda.
—Es un lindo premio —añade Daniel.
Daniel me pide que lea lo que escribí.
—Es un recuento de lo que pasó. Sólo que se traduce a un espacio literario.
Yolanda se va. Vuelve con el plato lleno de lentejas. Las deja de lado.
—¿No vas a comer? —Pregunta Daniel.
—No tengo hambre… Por qué se van y nos dejan tan solos. Qué macana —se queja.
Le regalo una copia de “La novia del torero” a Yolanda. Nos tomamos una foto de todos y se le escurren las lágrimas.
—Nos vemos en quince días —la consuela Daniel.
—Quince días parecen medio año.
Nos damos un abrazo. Se aferra a mí. Camino a la salida.
—¡Eduardo! Mirá tus mandarinas.
Me devuelvo, las tomo y se las muestro en mis manos.
Pasamos junto a un par de chicas que hablan en unos asientos de forma relajada. Salimos al jardín. Le robo una foto a la torre de agua. Las golondrinas cantan en las copas de las acacias y las tipas. Se respira tranquilidad, aunque vaya a saberse qué voces forman ecos en los tímpanos de quién.
Volvemos a la recepción. Daniel me ve con la computadora aún en la mano y comenta:
—Si uno está escribiendo lo que pasa todo el tiempo, está todo el tiempo escribiendo lo que pasa todo el tiempo…




Salimos. Alejandra comenta que es amiga de Rolando Revagliatti.
—Si querés te puedo poner en contacto con él.
Debe ir corriendo a recoger a su hijo. Me despido de ambos, bordeo el paredón que hace desértico al sector y contrasta con la belleza de los jardines que habitan el interior del Moyano.



Cruzo la calle. Subo al 100. Pasa frente al edificio rosáceo del Borda y vuelvo a esos poemas de Jacobo Figman. Nicolás Romano en Ushuaia me introdujo a ellos. ¿Qué extrañas rutas mentales lo llevaron a caminar sus jardines, respirar su ambiente y habitar espacios en los que uno mismo es fantasma de uno mismo? Está la excusa de alejarse del mundo, aunque el mundo parece más presente que nunca en un lugar sin puertas. Ahí tu voz no es tu voz, sino la voz del viento y de los demás, tu mirada la de un jardín que se vuelve el jardín de todos los días y el tiempo un animal de ojos cerrados. Duerme una siesta en la que dos semanas son medio año.
En palabras de Fijman:


“No soy enfermo. Me han recluido. Me consideran un incapaz. Quiénes son mis jueces…
Quiénes responderán por mí.
Hice conducta de poesía. Pagué por todo.
Sentí de pronto que tenía que cambiar de vida. Alejarme del mundo. Y me aislé. Me fui de todos, aun de mí… Hoy es la demencia un estado natural.
Todas las palabras son esenciales. Lo difícil es dar con ellas.
El delirio son instantes. Puede durar toda la vida.
Mi poesía es toda medida.
El arte tiene que volver a ser un acto de sinceridad”.



La frase de Yolanda genera ese eco en medio de la vida cotidiana del 100 en el que una chica habla con un chico en el colectivo, una abuela viaja al encuentro de alguno de sus nietos, hombres se desplazan al trabajo y yo vuelvo al lugar en el que un segundo es un segundo, así no lo parezca, y mi voz es mi voz, y solo mía, así decida compartirla…
(…)

Eduardo Bechara Navratilova

web personal:
http://www.eduardobechara.com/
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http://www.enbuscadepoetas.com/
blog:
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