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El aporte de Luis Cruz (ombregato) por John Berger (05/11/1926 - 02/01/2017) desde Leedor.com

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John Berger, a viva voce
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John Berger, a viva voce
Por Luis Cruz -enero 3, 2017

http://leedor.com/2017/01/03/john-berger-a-viva-voce/



“¿Dónde está uno cuando llega un poema? En ningún lado, sin duda”. 
“Este siglo, con toda su riqueza, con todos sus sistemas de comunicación, es el siglo del destierro generalizado”.
John Berger

En pleno insomnio, deseando el aguacero, me duelo -entre dolores- de la partida de John Berger, pintor, escritor y crítico de arte... pero ahora y aquí quiero compartir con ustedes un par de sentimientos acerca del Berger poeta...
¿Los poetas son escritores, literatos?
Siento y pienso que no...
La poesía viva nace de los labios de una herida, herida abierta, latente, que aún supura.

“Páginas de la herida” es, precisamente, una antología de poemas “de contrabando”, una de las breves incursiones, errancias de Berger por los paisajes de un mundo casi en extinción, un viaje en tren a través de una estepa sin estaciones.
¿Es Berger una “fuerza del pasado”, como se afirmaba otro poeta (inmenso) Pier Paolo Pasolini?
Rescatar palabras y transformarlas en paisajes elementales, esenciales... paisajes para ser contemplados desde la ventanilla (abierta) de un tren en movimiento (pretensión perseguida por otro poeta, Andrei Tarkovski).
Berger, humano, habitó tiempos y espacios singulares... casi olvidados, disonante con la afinación dominante en estos tiempos que nos corren.

Berger toca otra partitura en instrumentos casi irreconocibles.


¿Dónde está uno cuando llega un poema?
¿Dónde cuando lo lee?
¿En ningún lado o en cualquiera?
¿Cómo poetizamos esta mezquina existencia?
¿Podremos aún volver a intentar maravillar la vida?
“Disperazione senza un po di speranza” (Pier Paolo Pasolini)


Escribe de Pasolini, Berger, “el profeta viene en nuestra ayuda para interpretar nuestras vivencias actuales (...) nos llega como un mensaje providencial que, cuarenta años después, es arrastrado a nuestra playa dentro de una botella”.
Pasolini y Berger (poetas) observan lo que ocurre en el mundo con una lucidez y coraje inquebrantables. Y lo hacen porque la realidad es lo único que podemos amar. No hay otra cosa.

¿Y el sueño?
Creemos que es parte de la realidad, tal vez lo más real.
Berger y Pasolini nos recuerdan lo que hemos decidido olvidar, ese punto en el cual comenzamos a perdernos. Dos voces vivas, como un coro griego, que nos desnudan e interpelan, encarnan el recorrido de nuestra experiencia y dolor humanos, el mundo antiguo -desapareciente- y el mundo actual del “cálculo feroz”.
¿Optimismo?, ¿pesimismo?
¿Qué pueden decir de nosotros semejantes términos vulgares?
¿Apocalípticos?, ¿integrados?
¿Cómo decir el mundo a través de la poesía?
Te dicen que hoy en día no solo se extinguen especies animales, sino “prioridades humanas”, sistemáticamente rociadas por “eticidas”, agentes que matan la ética y con ella toda idea de historia y justicia. Y señalan a esos “agentes”, los medios informativos de masas,que nos cubren día y noche.
Berger y Pasolini, testigos que encienden la historia y la esperanza (que nada tiene de esperar).
Nos avisan de los peligros, ¿hacia dónde vamos?, ¿espectáculo?, ¿imago mundi?
¿Se incendia el horizonte?
Aprender a mirar, una verdadera “revolución copernicana”, insurgencia de lo representado, la imaginación estallada.

“Lo que más me reconcilia con mi propia muerte es la imagen de un lugar: un lugar en el que tus huesos y los míos sean sepultados, tirados, desenterrados juntos. Allí estarán desperdigados en confuso desorden. Una de tus costillas reposa contra mi cráneo. Un metacarpio de mi mano izquierda yace dentro de tu pelvis.(Como una flor, recostado en mis costillas rotas, tu pecho). Los cientos de huesos de nuestros pies, esparcidos como la grava. No deja de ser extraño que esta imagen de nuestra proximidad, que no representa sino mero fosfato de calcio, me confiera un sentimiento de paz. Pero es así. Contigo puedo imaginar un lugar en donde ser fosfato de calcio es suficiente.”(John Berger, Páginas de la herida.)

En un puñado de tierra
he enterrado todos los acentos
de mi lengua materna
allí yacen
como agujas de pino
reunidas por las hormigas.

Puede que algún día el llanto
balbuciente
de otro vagabundo
las incendie
entonces caliente y consolado
oirá toda la noche
la verdad como una nana.

John Berger


John Berger nos recuerda:
Los poemas no se parecen a los cuentos, ni siquiera cuando son narrativos. Todos los cuentos tratan de batallas, de un tipo o de otro, que terminan en victoria y derrota. Todo, avanza hacia el final, cuando habremos de enterarnos del desenlace.

Indiferentes al desenlace, los poemas cruzan el campo de batalla, socorriendo a los heridos, escuchando los monólogos delirantes del triunfo y del espanto. Procuran un tipo de paz. No por la hipnosis o la confianza fácil, sino por el reconocimiento y la promesa de que lo que se ha experimentado no puede desaparecer como si nunca hubiera existido. Y, sin embargo, la promesa no es la de un monumento. (¿Quien quiere monumentos en el campo de batalla?) La promesa, está en que el lenguaje ha reconocido, ha dado cobijo, a la experiencia que lo necesitaba, lo pedía a gritos.

Los poemas están más cerca de las oraciones que los cuentos, pero en la poesía no hay nadie detrás del lenguaje que se recita. Es el propio lenguaje el que tiene que oír y agradecer. Para el poeta religioso, la Palabra es el primer atributo de Dios. En toda la poesía, las palabras son una presencia antes de ser medios de comunicación.

No obstante, la poesía utiliza las mismas palabras y, más o menos, la misma sintaxis que, por ejemplo, el informe anual de una empresa multinacional. (Empresas que preparan, para su propio provecho, los más terribles campos de batalla del mundo moderno). ¿Qué hace entonces la poesía para transformar tanto el lenguaje que, en lugar de limitarse a comunicar información, escucha y promete y desempeña el papel de un dios?

El que un poema use las mismas palabras que el informe de una multinacional no es más significativo que el hecho de que un faro y una celda de prisión puedan estar construidos con piedra de la misma cantera, unidas con la misma argamasa. Todo depende de la relación entre las palabras. Y la suma total de todas esas relaciones posibles depende de la manera en la que el escritor se relaciona con el lenguaje, no como vocabulario, no como sintaxis, ni siquiera como estructura, sino como un principio y una presencia.

El poeta sitúa el lenguaje fuera del alcance del tiempo; o, más exactamente, el poeta se aproxima al lenguaje como si fuera un lugar, un punto de encuentro, en donde el tiempo no tiene finalidad, en donde el propio tiempo es absorbido y dominado.

La poesía habla, con frecuencia, de su propia inmortalidad, y esta reivindicación es mucho más trascendente que la de un poeta determinado perteneciente a una historia cultural determinada. No debe confundirse aquí la inmortalidad con la fama póstuma. La poesía puede hablar de inmortalidad porque se abandona al lenguaje en la creencia de que el lenguaje abraza toda experiencia, pasada, presente y futura.

Seria engañoso hablar de la promesa de la poesía, pues una promesa se proyecta en el futuro, y es precisamente la coexistencia del futuro, el presente y el pasado lo que propone la poesía.

A una promesa que afecta el presente y al pasado tanto como al futuro mejor la llamaríamos certeza.

Una vez, un poema

Siempre, un poeta

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